La Hora Mágica: Cuando no es día ni es noche

Hay un momento del día que no pertenece a nadie.
No es día, pero tampoco noche.
La luz no se ha ido, pero ha dejado de gobernar.
El entorno permanece reconocible, aunque su modo de presencia se altera: las formas pierden nitidez, los sonidos se expanden, el cuerpo entra en un estado de percepción expandida.

El mundo se multiplica porque deja de imponerse bajo una única forma.
La atención se redistribuye y la experiencia se vuelve menos dirigida, más abierta.
Para los pueblos animistas alrededor del mundo, estos tiempos no son simples transiciones horarias, sino espacios cualificados, momentos en los que los velos entre las distintas realidades y dimensiones de la existencia se entrecruzan.
La densidad del mundo material disminuye y la percepción de espíritus que conviven en otras realidades de la existencia se vuelve accesible.
El crepúsculo como estado intermedio
El crepúsculo aparece de forma reiterada en tradiciones chamánicas de todo el mundo como un tiempo funcional, un estado intermedio en el que la estructura ordinaria de la experiencia se vuelve permeable.
“Estos tiempos intermedios no son neutrales. Son considerados frágiles, delicados, y requieren atención.”
— Victor Turner s The Ritual Process (1969).
Tiempos frágiles y estados liminales
El antropólogo cultural Victor Turner denominó esta noción de “ni dentro ni fuera” como liminalidad, una condición que afecta al natural del entorno, implicando una alteración de la percepción y del orden ontológico:
“En los estados liminales, la percepción ordinaria se ve alterada; lo que normalmente se filtra puede aparecer como significativo.”
— Victor Turner, The Ritual Process (1969)
El crepúsculo constituye una forma cotidiana de liminalidad ambiental. No requiere intervención humana explícita para activarse: es inducido por el propio entorno. Por ello ha sido reconocido culturalmente como un tiempo vulnerable, en el que las fronteras entre realidades se vuelven menos rígidas y las presencias no-humanas recuperan margen de acción.
Modificaciones perceptivas en la hora mágica
1. Disminución del dominio visual
La vista deja de ser el sentido rector. En estas horas “entre y en medio” pierde hegemonía y la realidad se vuelve menos rígida, más relacional.
El mundo deja de presentarse como un conjunto de objetos pasivos.
2. Incremento de la atención auditiva y corporal
El oído y la percepción térmica ganan protagonismo. En etnografías amazónicas este estado se describe como “cuando el monte empieza a hablar”, señalando una redistribución sensorial que permite percibir presencias normalmente veladas por la luz excesiva y el control visual.
3. Ambigüedad de formas y movimientos
Propicia el espacio operativo donde actúan los espíritus, los dueños del territorio y los elementales.
Estas transformaciones generan un estado de apertura ontológica: el mundo deja de presentarse como materia pasiva y se revela como una red viva de relaciones, voluntades y presencias.
Registros culturales del tiempo intermedio
La recurrencia del crepúsculo como tiempo significativo atraviesa culturas sin contacto histórico directo, indicando que no se trata de una creencia aislada, sino de una experiencia humana reiterada:
- Galicia: el lusco-fusco nombra un tiempo sin equivalente exacto en castellano. El atardecer es momento de cuidado y respeto; el territorio se vuelve permeable y las presencias no-humanas recuperan agencia (Lisón Tolosana, 2006).
- Hinduismo: la sandhyā es el momento prescrito para oración y recitación de mantras, por su carácter intermedio entre luz y oscuridad.
- Islas británicas: los relatos populares advierten sobre los tiempos “entre mundos”, cuando seres del otro lado —como los Sídhe— pueden acercarse. Las advertencias de no silbar ni llamar responden a protocolos relacionales.
- Japón: tasogare-doki, “la hora en que no sabes quién es quién”, describe una falla perceptiva reconocida culturalmente: los yōkai no aparecen, sino que se vuelven visibles.
- Siberia: según Eliade, numerosos rituales de iniciación chamánica comienzan al atardecer, cuando el chamán puede “ver sin ver”.
“El chamán evita la luz plena; su visión se activa cuando el mundo pierde contornos.” — Eliade
- Amazonía: entre los Shipibo-Conibo, el crepúsculo es el momento de escuchar a los dueños del monte (yoshin). El mundo está lleno de sujetos múltiples —ríos, árboles, animales— que hablan desde su propio punto de vista. Durante la hora mágica, esta multiplicidad se hace perceptible (Viveiros de Castro).
Espíritus, elementales y capas del mundo
Según visiones animistas, muchos espíritus no habitan un “otro mundo” separado: existen en capas del mismo entorno. El crepúsculo favorece la manifestación perceptiva de:
- Espíritus del territorio
- Elementales
- Presencias en tránsito
Autores como Tim Ingold y Philippe Descola los describen como agentes relacionales, capaces de relacionarse, afectar y ser afectados.

La hora mágica no los crea: los vuelve visibles dentro de una Tierra viva.
Michael Harner describe estos momentos como soft entry states: desplazamientos suaves de la conciencia, sin ruptura ni trance abrupto, que permiten el acceso a realidades habitadas.
La apertura de los velos
Cuando se dice que “el velo se disipa”, no se alude a un cruce entre mundos físicos, sino a una transición entre modos de relación.
No son los espíritus los que cruzan: es el humano quien deja de imponer una única forma de realidad.
La hora mágica no crea presencias. Modifica la forma en que el mundo se deja ver.
Fisiología, percepción y práctica contemporánea
Durante los umbrales lumínicos, el sistema nervioso entra en estados de alerta difusa, con predominio de ondas alfa, asociados a imaginación, creatividad y sensibilidad a lo sutil. Las tradiciones chamánicas registraron empíricamente estos estados como relevantes para la acción ritual mucho antes de ser medidos científicamente (Ingold, 2000).
Detenerse, apagar pantallas, escuchar: no son rituales nuevos, sino la restauración de una relación perceptiva antigua que nunca dejó de existir.
Conclusión
La hora mágica es un punto de encuentro entre fisiología, percepción y ontología cultural.
La percepción de espíritus, elementales y presencias durante el crepúsculo no es azar: es un proceso estructurado, condicionado por ciclos de luz, sombra y atención consciente.
Entre el día y la noche no hay vacío.
Hay presencia.
Y si permanecemos atentos, el mundo nos habla.
Fuente: Eva Molares Marín – Instituto de Estudios Chamánicos
Bibliografía Recomendada
- Eliade, M. (1999). El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. Madrid: FCE.
- Lisón Tolosana, C. (2006). Antropología cultural de Galicia. Madrid: Akal.
- Turner, V. (2000). El proceso ritual. Estructura y antiestructura. Madrid: Taurus.
- Viveiros de Castro, E. (2005). La mirada del jaguar. Buenos Aires: Katz.






